La encina del pobre
El lugar al que pertenezco, aseguraba. Falso. De puro buenazo, su lugar favorito era aquel que su amada esposa consideraba oportuno visitar en cada momento. Sospechosamente, este coincidía con el lugar en el que ambos eran de más utilidad para sus hijos, nietos, bisnietos y demás familiares y amigos.
La encina del pobre. Donde levantaron su chozo de adobe y paja en busca de la intimidad que requieren los recién casados. Donde reventaron sus espaldas de tanto trabajar, para procurar a sus retoños la prosperidad de la que ahora disfrutan. Donde el amor no necesitaba electrodomésticos, prebendas o abundancias.
El punto exacto del Valle de Alcudia al que nos dirigiremos, mañana al amanecer, para esparcir sus cenizas. En cumplimiento de su deseo final. Convencidos de volver a encontrarnos, un poco más allá, un poco después, cuando sea menester pasar de esta vida a lo que venga más adelante.
Ve cortando el jamón y el queso, querido Pepe. De vino blanco llena la bota, de tinto el porrón. Que no tardando mucho volvemos a juntarnos, como en los tiempos dorados de mi niñez.
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