Mi Tío Pepe
Mi Tío Pepe es, como su propio nombre indica, Sol de Andalucía Embotellado.
Forma parte indivisible de mi vida desde que tengo uso de razón. Su planta impresionante me protegió de todo mal desde la adolescencia hasta la madurez. Cuando faltó mi padre dijo “Aquí estoy yo” y el planeta dejó de girar sobre su eje. Los buitres carroñeros que se repartían el negocio familiar tuvieron que elegir entre la huida, rabo entre piernas, y la desintegración bajo su pulgar indiferente.
Siempre siento su apoyo, su cariño, su contundencia física, su carácter pausado a la vez que implacable.
Y es que Mi Tío Pepe no es un hombre corriente. Fue leñador y vivió en un chozo de paja por amor a su esposa, mi Tía Cruz, la única mujer de su vida. Fue tornero antes que ingeniero porque, según afirma, “el que ha sido cocinero antes que fraile, lo que pasa en la cocina todo lo sabe”. Fue célebre por apretar tornillos con la mano. Ya podías venir con la llave inglesa más grande de la creación. No hubo mortal capaz de aflojar con llave esa tuerca que él apretó, sin dar importancia y sin usar más herramienta que su propia mano.
Hoy lucha denodadamente contra el feo de la guadaña, que se empeña en provocarle infartos cerebrales. Hoy confío más que nunca en los profesionales de la ciencia médica moderna, que -me consta- se afanan en encontrar la causa y aplicar la solución.
Hoy suplico la energía de un millón de dedos cruzados y el acierto de un puñado de profesionales de la medicina. Porque Mi Tío Pepe, bisabuelo con la ilusión de un chaval, tiene que disfrutar de la vida un montón de años más.
Gracias a los creyentes por sus oraciones, a los ateos por sus buenas intenciones, y al de la hoz y la capucha negra por darse un largo paseo por el espacio infinito.
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